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¡Ni
muy, muy; ni, tan, tan! El 31 de
diciembre, 100 integrantes de la Colonia
Jaime recibieron el año nuevo junto a 120
invitados. Abundaron cabritos, lechones,
pollos, tortas y bebidas; todo, “igualito”
a una mesa convencional.
Claro, a simple vista, la efervescencia y
júbilo anfitrión se asemejaba a la de
cualquier mortal. Sin embargo, puertas
adentro, caracterizaba a los protagonistas
una particular vida, modelada hace casi 77
años por inspiración del filósofo español
Joaquín Trincado.
En sus albores, allá por el 25 de julio de
1932, arribaron a Robles numerosos
pampeanos, en sintonía con el sueño del
español. A puro esfuerzo, abrieron la
tierra y aquel monte virgen, impenetrable,
con los años devino en un predio rico,
fértil y apto para la vida humana.
Hoy, 22 familias (unas 78 personas)
conviven a la altura del Kilómetro 711,
ruta 34, en el departamento Robles. El
trabajo en comunidad es su mayor
fortaleza.
Sin embargo, el paso del tiempo (que todo
lo modifica o muta) en la actualidad
invita a la Colonia a replantear, léase
reformular, el método más eficaz para
transmitir la génesis de la institución a
las nuevas generaciones; esas que avanzan
a paso rápido.
“… Nos preocupa y nos ocupa”
Marcela Lazo, una de las responsables de
Colonia Jaime, reflexiona: “Los jóvenes es
algo que nos preocupa y nos ocupa.
Construir la identidad del ser humano
habitualmente es algo muy difícil”, más
aún en una comunidad, cuyo basamento
esencial emana del respeto hacia el
próximo y el desaire al materialismo.
Expresado sencillito, el tema se torna
complejo porque de los 78 integrantes, más
de 30 corresponde a niños y adolescentes.
Y la Colonia Jaime no es justamente un
grupo humano con ribetes unipersonales:
ergo, la democracia colectiva es la que ya
hace bastantes lunas instaló el tema.
¿Qué hacer? ¿Cómo guiar a los chicos, sin
caer en la tentación de inducir en una
imposición? “Confiamos muchos en nuestros
hijos; los ayudamos; aún cuando hay una
evidente carga emotiva influenciable
externa, no los dejamos solos”, afirma
Lazo.
En la práctica, la joven madre deja
entrever que grandes y chicos procuran un
vínculo nuevo, un lenguaje y afinidad en
que la evidente diferencia generacional no
obre como valla difícil de sortear; o lo
que es peor, alterar el norte
preestablecido.
El escenario es más que auspicioso.
Colonia Jaime tiene apertura para los unos
y los otros; léase, enriquece la
reciprocidad entre los de adentro y los de
afuera. Hay un fuerte componente
filosófico que rige el motor individual de
cada familia, sin que por ello ésta vaya a
eclipsarse por la supremacía de un dogma o
mandato superior.
Por eso, cuando las campanas del reloj se
treparon a las 12, este 31 de diciembre
los adultos y las nuevas generaciones se
estrecharon en un abrazo único.
Los más de 120 visitantes quizá husmearon
en derredor, buscando respuestas
superficiales.
Aquel
aparente festejo por el año nuevo, apenas
dejó entrever a un eslabón en una larga
cadena humana.
Lo más
sustancioso, tal vez no haya sido visible
ante los ojos inquisitivos de la mera
cotidianeidad social. |