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La tierra que
usted acaba de besar se honra con su presencia.
No encontrará
aquí aquellos pacíficos y bondadosos habitantes naturales que la
poblaban cuando los primeros europeos llegaron a est a isla.
Los hombres
fueron exterminados casi todos por la explotación y el trabajo
esclavo que no pudieron resistir; las mujeres, convertidas en
objeto de placer o esclavas domésticas.
Hubo también los
que murieron bajo el filo de espadas homicidas, o víctimas de
enfermedades desconocidas que importaron los conquistadores.
Algunos
sacerdotes dejaron testimonios desgarradores de su protesta
contra tales crímenes.
A lo largo de
siglos, más de un millón de africanos cruelmente arrancados de
sus lejanas tierras ocuparon el lugar de los esclavos indios ya
extinguidos.
Ellos hicieron
un considerable aporte a la composición étnica y a los orígenes
de la actual población de nuestro país, donde se mezclaron la
cultura, las creencias y la sangre de todos los que participaron
en esta dramática historia.
La conquista y
colonización de todo el hemisferio se estima que costó la vida
de 70 millones de indios y la esclavización de 12 millones de
africanos.
Fue mucha la
sangre derramada y muchas las injusticias cometidas, gran parte
de las cuales, bajo otras formas de dominación y explotación,
después de siglos de sacrificios y de luchas, aún perduran.
Cuba, en
condiciones extremadamente difíciles, llegó a constituir una
nación.
Luchó sola con
insuperable heroísmo por su independencia.
Sufrió por ello
hace exactamente 100 años un verdadero holocausto en los campos
de concentración, donde murió una parte considerable de su
población, fundamentalmente mujeres, ancianos y niños; crimen de
los colonialistas que no por olvidado en la conciencia de la
humanidad dejó de ser monstruoso.
Usted, hijo de
Polonia y testigo de Oswiecim, lo puede comprender mejor que
nadie.
Hoy, Santidad,
de nuevo se intenta el genocidio,
pretendiendo
rendir por hambre, enfermedad y asfixia económica total a un
pueblo que se niega a someterse a los dictados y al imperio de
la más poderosa potencia económica, política y militar de la
historia, mucho más poderosa que la antigua Roma, que durante
siglos hizo devorar por las fieras a los que se negaban a
renegar de su fe.
Como aquellos
cristianos atrozmente calumniados para justificar los crímenes,
nosotros, tan calumniados como ellos, preferiremos mil veces
la muerte antes que renunciar a nuestras convicciones.
Igual que la
Iglesia, la Revolución tiene también muchos mártires.
Santidad,
pensamos igual que usted en muchas importantes cuestiones del
mundo de hoy y ello nos satisface grandemente;
en otras,
nuestras opiniones difieren, pero rendimos culto
respetuoso a la convicción profunda con que usted defiende sus
ideas.
En su largo
peregrinaje por el mundo, usted ha podido ver con sus propios
ojos mucha injusticia, desigualdad, pobreza; campos sin cultivar
y campesinos sin alimentos y sin tierra;
desempleo,
hambre, enfermedades, vidas que podrían salvarse y se pierden
por unos centavos; analfabetismo, prostitución infantil, niños
trabajando desde los seis años o pidiendo limosnas para poder
vivir; barrios marginales donde viven cientos de millones en
condiciones infrahumanas;
discriminación
por razones de raza o de sexo, etnias enteras desalojadas de sus
tierras y abandonadas a su suerte; xenofobia, desprecio hacia
otros pueblos, culturas destruidas o en destrucción;
subdesarrollo, préstamos usurarios, deudas incobrables e
impagables, intercambio desigual, monstruosas e improductivas
especulaciones financieras;
un medio
ambiente que es destrozado sin piedad y tal vez sin remedio;
comercio
inescrupuloso de armas con repugnantes fines mercantiles,
guerras, violencia, masacres; corrupción generalizada, drogas,
vicios y un consumismo enajenante que se impone como modelo
idílico a todos los pueblos.
Ha crecido la
humanidad solo en este siglo casi cuatro veces.
Son miles de
millones los que padecen hambre y sed de justicia;
la lista de
calamidades económicas y sociales del hombre es interminable.
Sé que muchas de
ellas son motivo de permanente y creciente preocupación de Su
Santidad.
Viví
experiencias personales que me permiten apreciar otros aspectos
de su pensamiento.
Fui estudiante
de colegios católicos hasta que me gradué de bachiller. Me
enseñaban entonces que ser protestante, judío, musulmán, hindú,
budista, animista o partícipe de otras creencias religiosas,
constituía una horrible falta, digna de severo e implacable
castigo.
Más de una vez
incluso, en algunas de aquellas escuelas para ricos y
privilegiados, entre los que yo me encontraba, se me ocurrió
preguntar por qué no había allí niños negros, sin que
haya podido todavía olvidar las respuestas nada persuasivas que
recibía.
Años más tarde
el Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII,
abordó varias de estas delicadas cuestiones.
Conocemos los
esfuerzos de Su Santidad por predicar y practicar los
sentimientos de respeto hacia los creyentes de otras importantes
e influyentes religiones que se han extendido por el mundo.
El respeto hacia
los creyentes y no creyentes es un principio básico que los
revolucionarios cubanos inculcamos a nuestros compatriotas.
Esos principios
han sido definidos y están garantizados por nuestra Constitución
y nuestras leyes. Si alguna vez han surgido dificultades, no ha
sido nunca culpa de la Revolución.
Albergamos la
esperanza de que algún día en ninguna escuela de cualquier
religión, en ninguna parte del mundo, un adolescente tenga que
preguntar por qué no hay en ella un solo niño negro, indio,
amarillo o blanco.
Santidad:
Admiro
sinceramente sus valientes declaraciones sobre lo ocurrido con
Galileo,
los conocidos
errores de la Inquisición,
los episodios
sangrientos de las Cruzadas,
los crímenes
cometidos durante la conquista de América,
y sobre
determinados descubrimientos científicos no cuestionados hoy por
nadie que, en su tiempo, fueron objeto de tantos prejuicios y
anatemas.
Hacía falta para
ello la inmensa autoridad que usted ha adquirido en su Iglesia.
¿Qué podemos
ofrecerle en Cuba, Santidad?
Un pueblo
con menos desigualdades,
menos
ciudadanos sin amparo alguno,
menos
niños sin escuelas,
menos
enfermos sin hospitales,
más
maestros y más médicos por habitantes que cualquier otro país
del mundo que Su Santidad haya visitado;
un pueblo
instruido al que usted puede hablarle con toda la libertad que
desee hacerlo, y con la seguridad de que posee talento, elevada
cultura política, convicciones profundas, absoluta confianza en
sus ideas y toda la conciencia y el respeto del mundo para
escucharlo.
No habrá ningún
país mejor preparado para comprender su feliz idea,
tal como
nosotros la entendemos y tan parecida a la que nosotros
predicamos, de que la distribución equitativa de las riquezas y
la solidaridad entre los hombres y los pueblos deben ser
globalizadas.
Bienvenido a
Cuba (APLAUSOS).
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